lunes, 30 de diciembre de 2013

Variedades

Ahora que los objetos surrealistas de la era “clásica” se exponen en París,  aprovechamos para presentar este documento con los objetos de sueño que Bruno Jacobs, Petra Mandal, Kim Fagerstam y Robert Lindroth expusieron en 2005 en la galería Candyland de Estocolmo, bajo el título “The true for five sens”.
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Una interesante entrevista a Alain Graubard puede leerse en esta dirección:
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Se anuncia para junio de 2014 la exposición “La chasse à l’objet du désir”, organizada por la Liaison surréaliste à Montréal. Las palabras al respecto de este colectivo evidencian una postura opuesta al orden cultural dominante y sus capciosos canales, postura que debiera caracterizar a los grupos surrealistas:
“Las facultades sensibles y mentales que pueden transformar nuestro contexto íntimo, social y político surgen en el bosque íntimo del deseo. Que ello ocurra en el murmullo nocturno, el sueño, la creación de una imagen, la formulación de un sonido, en la aventura amorosa o la irrupción del azar que provoca los encuentros, en la desobediencia y los gritos de luchas y de emancipación social, el deseo nos atraviesa como nos asedia. La evocación de su poder encantador devuelve a la realidad lo que vale en ella de ser vivido. Sobre esta línea proponemos esta exposición colectiva. Se trata para nosotros, en tanto que agrupación de creación poética, de asumir el carácter colectivo de nuestra trayectoria instaurando nosotros mismos un espacio autónomo de exposición en vez de seguir ciegamente la uniformización invasora. Los peritos de la alienación se aplican en distraer el mundo hacia su catástrofe, y la mutilación sistemática de la vida –denominada alegremente «civilización»– parece barrer todas las instancias verdaderas del júbilo humano. Rechazando este deterioro del espacio público, no sabríamos comunicar la especificidad de nuestro proyecto a través de los medios jerárquicos y racionales de los organismos institucionales. Sin por ello sucumbir a las quimeras de un radicalismo ascético, nuestra marcha se esfuerza por desertar de los corredores del orden cultural establecido”.
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Entre las noticias del blog que mantiene el Surrealist London Action Group, y tras la referida a la exposición “Levitandum” de Kathleen Fox y Patrick Hourihan, resaltemos, en el pasado semestre, la exposición de collages por Wedgwood Steventon, la colectiva de título “Mysteries of the Red Planet” y la de John Welson “13 Flowers”, en el Radnorshire Museum.
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Los aforismos completos de Pierre Peuchmaurd han sido reunidos en el libro Fatigues, incluyendo algunos inéditos. Edita L’Oie de Cravan.
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El n. 3 de L’Échaudée, revista de “crítica social, poesía y utopía”, ya circula. En la parte inicial hay una entrevista a Daniel Blanchard, ex miembro de Socialisme ou Barbarie, con motivo de la publicación de su libro Crise des mots. Blanchard habla de poesía y revolución, de los situacionistas, del mayo francés, de la poesía y el surrealismo... –cuestión esta última sobre la que no tiene nada que decir, ya que él reduce la poesía a la cosa escrita, mientras que para el surrealismo es una manera no solo de decir sino de ver, de pensar, de vivir... Como siempre en estos pensadores monotemáticos, sus reflexiones van dando bandazos del interés al sopor. La práctica política de los situacionistas en el mayo francés dice que fue “una pura y simple impostura”, pero nada más. A colación sí me gustaría traer esta declaración de Marcel Mariën, 24 años posterior a aquellos eventos: “En 1968, cuando la estrella de Moscú, un momento rehabilitada por los horrores de la guerra mundial, comenzó a palidecer, toda la generación nueva, ebria de marxismo, rechazó el modelo soviético para saludar la parusía china, nueva encarnación de la esperanza. Hasta el día en que, una vez más, llegó el desencanto. El entusiasmo desmesurado no había sido más que un fuego de paja y todos los rebeldes se reencontraron, una vez sentadas las cabezas, provistos de una bella situación, la misma que habían abucheado.” Las cursivas no son mías.
Del surrealismo registramos nuevas colaboraciones de Guy Cabanel y Alain Joubert. Cabanel selecciona dos jornadas más de su Journal intime (1943-1953), que suceden a las cuatro del número anterior. Este es un diario onírico, de título irónico, por lo que nada tiene que ver, por supuesto, con esos diarios de los que ha dicho Joël Gayraud: “El siglo XX ha inventado la aberración literaria del diario íntimo destinado a ser leído y publicado en vida del autor. Ese falso diario íntimo, que yo llamaría diario éxtimo, me parece el género más sospechoso que existe”. Y antes que él, Louis Scutenaire: “Los autores de diarios íntimos confiesan sin pudor sus defectos físicos, morales o psicológicos. Ello se debe a que consideran que sus lectores no pueden ser sino desfallecientes como ellos; los hombres sanos no se interesan por las confesiones de los otros”. Diarios de esos siguen saliendo (y hasta en varios tomos), muchas veces ni dándose cuenta quien los escribe de esos “defectos”, que incluso son ostentados con vanidad.
De Alain Joubert hay dos textos, como siempre del máximo interés. El más largo versa sobre la individualista revolucionaria Gabrielle Wittkop; como Joubert piensa que puede ser mal interpretado al hablar del feminismo –y eso que su texto es totalmente nítido–, puntualiza las cosas en una nota inicial. ¡A lo que hemos llegado! ¡Que el biempensantismo izquierdista –tan execrable como el que antaño reinaba– obligue a temer, o tan siquiera a preocuparnos, por las interpretaciones que algunos cretinos y cretinas hagan de nuestras palabras!
Destaquemos por fin los sueños de Alfredo Fernandes y la evocación del icariano Étienne Cabet.
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Los escritos sobre arte de Georges Limbour se han publicado en un volumen de 1328 páginas: Georges Limbour, spectateur des arts. Écrits sur la peinture. Van de 1924 a 1969, por lo que solo la primera parte coincide con el surrealismo.
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Un catálogo que recomendamos evitar es el titulado Surrealismo. Vasos comunicantes, del Museo Nacional de Arte / Ediciones El Viso. Se trata del típico catálogo historicista, en capa y cara dura, donde se acumulan los despropósitos sobre el surrealismo. Se supone que se centra en México, pero absolutamente nadie se ocupa de los artistas mejicanos poco o nada conocidos de los que hay ilustraciones a lo largo del volumen (siendo esas ilustraciones, quizás, el único interés del libro). Antes al contrario, se abre con tres trabajos donde, por enésima vez, se pasa revista superficial al surrealismo parisino en su estipulada historia del 24 al 69. Ya la presentadora de la función dice que 1969 es el “año de disolución”, mientras que Didier Ottinger va del 19 al 69, repitiendo lo mismo de siempre, como hace del 29 al 33 Serge Fauchereau, quien ya se merece algún premio por la constancia de su inquina hacia André Breton. Las repeticiones bostezantes se dan también en el típico “panorama” de Juan Manuel Bonet, picoteando urgentemente aquí y allá, y sazonando el conjunto con alguna que otra “confidencia” (como la de Elisa Breton cuando en París “se me quejó”, dice, de que Breton no quisiera aprender la lengua española ni conocer su literatura), o en el artículo de Fabienne Bradu sobre Péret, Breton y Artaud en México, materia que ya ha abordado en sus libros con más detalle, aquí ofreciendo pues una versión a lo reader’s digest. Todo esto es inocuo, pero no falta lo inicuo: un ex agregado cultural y fundador de una agencia de desarrollo que habla del “papa del surrealismo” y acaba situando el surrealismo en México a la altura del surrealismo en París, una indigesta tapa de lacán con grelos y un vomitivo artículo de un admirador de Xavière Gauthier, doctor, médico y psicoanalista, que abre su trabajo con la ultraacadémicamente arcaica batalla del “superrealismo” y el “sobrerrealismo”. No faltan de vez en cuando los motivos favoritos del antisurrealismo, como la interpretación descontextualizada del “acto surrealista más simple”, o el pase de revista a las mujeres que había en los primeros grupos surrealistas, tan alejados de la paridad. Patético.